Es una lesión común de la piel, ocurre por el roce contra una superficie rugosa, por la fricción prolongada contra una tela o por una caída (por ejemplo, haciendo ciclismo o patinaje).

Normalmente tiene forma irregular y va acompañada por un intenso dolor. Puede infectarse con frecuencia, por lo que se acompaña de supuración y un moderado componente inflamatorio en la piel adyacente. Dependiendo del accidente, las abrasiones pueden contener cuerpos extraños y mucha suciedad y, por ello, ser más o menos fáciles de infectar.

Si la lesión solo afecta a las capas más superficiales de la piel, no se suele producir sangrado y es más difícil que se infecte.

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